Adám

Adám



En la parasha de Bereshit al momento de hablar de Adám se relata lo siguiente:

15- Y TOMO DIOS, ADONAI, AL HOMBRE, Y LO PUSO EN EL JARDIN DE EDEN, PARA QUE LO LABRARA Y LO GUARDASE.
15- Y TOMO DIOS, ADONAI, AL HOMBRE, Y LO PUSO EN EL JARDIN DE EDEN. Nuestros clásicos profesan unánimemente la creencia de que la historia del Paraíso debe tomarse en su sentido literal pero que, al mismo tiempo, las diferentes partes de este relato hacen referencia a las realidades metafísicas de los mundos superiores. Pues el mundo terrenal con todo lo que contiene, no es más que el reflejo de las esferas celeste. Por lo tanto, las interpretaciones de ciertos filósofos como Maimonides, por ejemplo (Guía de los Desc. II, 30), no son simples alegorías o fabulas mitológicas, si no, intentos de aplicar a las esferas del pensamiento puro las diferentes formas de materialización que existen en este mundo. En efecto, nuestros pensadores tratan de descubrir el mundo ideal y sus múltiples aspectos a través de los fenómenos naturales. Así se comprende que, inspirándose en las sentencias del Talmud, del Zohar y del Medrash, hayan descrito el jardín del Edén como el Paraíso de las delicias del espíritu, que es la recompensa prometida a las almas de los justos en el Mundo futuro.

Para cultivarlo y guardarlo: Aunque el Paraíso le ofrecía al hombre todas las delicias de la tierra, la vida no hubiera tenido sentido allí tampoco de no conllevar ciertas obligaciones; hubiera carecido de encanto si sus dones no hubieran sido el fruto del esfuerzo de voluntad realizado por el ser humano. Cuando Dios “coge al hombre”, como un padre que se ocupa de su hijo, cuando llega el momento para Adam de convertirse en dueño y señor del Paraíso y de empezar a hacer uso de su libertad , el Creador le dicta sus obligaciones “con palabras dulces” (Rashi). Estas obligaciones son tanto de orden moral como de orden físico. De orden moral, ya que los verbos “cultivar y guardar” aplicados a los valores espirituales, significan “respetar los Mandamientos Divinos” (Tárgum Yonatán); y de orden físico, porque ambos verbos se refieren también al trabajo de la tierra “Considera lo importante que es el trabajo”. El primer hombre no tuvo el derecho de probar los productos de la tierra antes de haber efectuado su labor. Dios le puso en el jardín del Edén para cultivarlo y cuidarlo, y solo después le dijo: “Puedes comer de todos los arboles del huerto” (Avot de Rabi Natán XI).

16- Y ORDENO ADONAI, DIOS, AL HOMBRE, DICIENDO: “DE TODO ARBOL DEL JARDIN PODRAS LIBREMENTE COMER.
16- Y ORDENO ADONAI, DIOS, AL HOMBRE…
“DE TODOS LOS ARBOLES DEL JARDIN PUEDES COMER”, Nuestros sabios enseñan que el código moral universal se basa en una Revelación Divina. Según Rabi Yojanán, este primer precepto dictado por Dios al hombre, contiene una alusión a dicha revelación. Son siete, dice, los mandamientos que Dios impuso a los descendientes de Noaj (es decir a toda la raza humana); el deber de practicar la justicia, y las prohibiciones referentes a la idolatría, a la blasfemia, al incesto, al homicidio, al robo y al consumo de carne cortada (directamente) en los animales aún vivos (Talmud Sanh. 56b). En su código del Mishnéh Toráh, Maimonides presenta un análisis detallado de las siete leyes de Noaj que constituyen, según él, la moral “mínima común” de la humanidad moral mínima que el Legislador Divino completo más adelante, primero en los tiempos de los patriarcas y después, en la época de Mosheh, con la promulgación de la Toráh (Hiljot Melajim IX, 1).

Las leyes de Noaj, que son comunes a todo el género humano, están consideradas como el fundamento del “derecho natural”, Y nada ha contribuido tanto y tan poderosamente a la formación del derecho occidental moderno, como la idea de que existe en el universo una ley natural susceptible de ser descubierta. Esta ley viene a ser como un derecho que Dios grabo en el corazón del ser humano en el momento de su Creación. Por mucho que lo altere el pecado, este derecho subsiste en el hombre en el estado de su infraestructura. Puede violarlo pero no borrarlo. Por lo tanto, los hombres pueden y deben encontrarse los unos con los otros en este terreno del derecho natural y desplegar todas sus implicaciones.
El primero que puso de realce la relación existente entre el derecho natural y los siete mandamientos destinados a los descendientes de Noaj fue Jhon Seiden, el más insigne erudito ingles del siglo XVII, en su obra (editada en 1640): “De jure natural et Gentium juxta Disciplinam Ebraerum” (El derecho natural y el derecho de gentes según los hebreos). En ella habla de las leyes de Noaj que son las que todos los hombres deben observar, y de las leyes que son obligatorias solo para los judíos.
“Quienquiera entre los gentiles, que cumpla los siete mandamientos para obedecer a Dios, figurara entre los justos de las naciones y tendrá parte al mundo futuro” (Maimonides Ibid. VIII, 11).

17- MAS DEL ARBOL DEL CONOCIMIENTO DEL BIEN Y DEL MAL, DE EL NO COMERAS, PORQUE EN EL DIA QUE DE EL COMIERES, CIERTAMENTE MORIRAS.
17- … DE EL NO COMERAS… 
“El primer precepto promulgado por Dios es una prohibición que no puede explicarse racionalmente. No es una [Mitzváh Sijlit] , al contrario; todas las facultades que posee el hombre: el gusto, la fantasía, la razón… se rebelan contra esta orden negativa que el hombre nunca hubiera podido imaginar. Es más, incluso después de que esta orden le hubiese sido impartida, el hombre no pudo encontrarle más justificación que la voluntad absoluta de Dios. 
“MORIRAS”. Esto es “te verás expuesto a la muerte, te convertirás en un mortal. Esta interpretación resuelve la dificultad que reside en el hecho de que Adam y Eva no murieron el mismo día en que pecaron, sino que siguieron viviendo durante mucho tiempo. Presupone además que el hombre estaba originalmente destinado a la vida eterna. En efecto, la muerte ha sido siempre un enigma para la fisiología. Por otra parte, según el profeta Yeshayáhu (XXV, 8), está destinada a desaparecer cuando la Humanidad vuelva a unirse con Dios, cosa que hubiera empezado a ser efectiva para Israel con la promulgación de la Torah, si hubiera obedecido sin reserva la ley de Dios (A. Zaráh 5a). “Los científicos pretenden –escribe Najmanides-que el hombre era un ser mortal desde su origen porque su cuerpo, compuesto de diferentes elementos, está por tanto condenado a la muerte y a la descomposición. Pero nuestros maestros no comparten esta opinión. Ellos enseñan que el hombre hubiera vivido eternamente si no hubiera pecado, pues el alma, emanación de las esferas superiores, es una fuente perpetua, y la voluntad Divina que el hombre alberga desde su formación, podría mantenerle en vida eternamente. Has de saber que la creencia de que “un cuerpo compuesto” está condenado forzosamente a la aniquilación es propia de los escépticos que se adhieren a la doctrina materialista. En cambio, los creyentes para quienes el mundo procede de la voluntad de Dios, profesan que la vida perdura en tanto que también perdura la voluntad Divina que la hizo nacer; esta es la pura verdad”.
No obstante, el Zóhar y algunos maestros del Midrash consideran legítimas las dos teorías: la que acabamos de exponer y la que afirma que la condición mortal del hombre figuraba ya en el plan inicial de la Creación. Esta última interpreta el versículo de la siguiente manera “Serás pasible de la pena de muerte.
Si Adám no murió el mismo día en que pecó, fue, según esta teoría, porque Dios le concedió un plazo en consideración a su sincero arrepentimiento (Zóhar Jadash 1,19 o porque, haciendo uso de Su gracia, conmuto la pena de muerte por la de expulsión, condenándole a vivir en el exilio (Núm. Rabbá cap.23). Este acto de gracia es un ejemplo de clemencia para los hombres de todos los tiempos. (Cf. Tanjumáh (ver libro): La muerte está prevista en el proyecto inicial.



Cuando Dios creó a Adám, lo puso en el Jardín de Edén. Este lugar, sería la morada (por excelencia) de la Divina Presencia. Pero cuando Adám contravino el mandato de Dios, la Divina Presencia se “retrajo” abandonando la tierra en favor del primer cielo. (Midrash Rabá, Cantar de los Cantares, 5:1) (Bati l’ Gani, Maamar, del sexto Rebé de Lubavitch, Rabino Yosef Yitzchak Schneerson, de bendita memoria). Entonces, con el pecado de Caín (sobre Abel), la Divina Presencia partió desde el primer cielo al segundo cielo. Luego, Enosh invocó a ídolos, y la Divina Presencia partió del segundo al tercer cielo. Y desde el tercer cielo al cuarto por causa de la Generación del Diluvio. 

Fragmentos tomados de la Parashat Bereshit Comentada por el Rab. Eli Munk, y del libro El Camino del Gentil Justo de Chaim Clorfene & Yakov Rogalsky



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